La teoría social contemporánea -y en particular la Teoría de Sistemas- ha intentado demostrar que la configuración de las sociedades actuales se caracteriza por su complejidad y por la creciente y progresiva diferenciación entre las esferas económica, social, política, cultural, etc. Hoy, muchos estamos de acuerdo en que los distintos sistemas que coexisten en la sociedad están interconectados, que son interdependientes y que lo que suceda en uno de ellos puede tener efectos en otro(s).
Asimismo, asumimos casi sin cuestionamiento la conformación de equipos profesionales multidisciplinarios, la adopción de marcos referenciales sistémicos o ecológicos, el trabajo de redes, etc.
Lo anterior (presentado como marco introductorio) no está exento de ciertas dificultades. Una de ellas tiene que ver con cómo abordamos y enfrentamos intervenciones en el ámbito económico cuando la población focalizada tiene como principal característica su condición de vulnerabilidad social, en particular si se trata de intervenciones para el fomento y desarrollo del emprendimiento.
En este contexto, encontramos marcos conceptuales que, además de considerar variables económicas, otorgan importancia a variables políticas (como la formalización y en general las exigencias de la administración pública), culturales (como las brechas de género) y sociales (como el grado de acumulación de capital social o las brechas existentes en relación con la clase social de origen).
No obstante, resulta compleja la vinculación entre estos factores en la implementación de algunos programas y en muchas ocasiones, en nombre de la sustentabilidad económica, se olvida el hecho de que estamos trabajando en contextos sociales particulares que requieren equilibrar la mirada económica con la mirada social, manifestándose así una cierta contradicción entre discurso y práctica.
Un documento del Servicio Nacional de la Mujer (Sernam) advierte lo siguiente respecto a los programas de fomento a la microempresa del Fondo de Solidaridad e Inversión Social (FOSIS) y de la Fundación para la Promoción y Desarrollo de la Mujer (Prodemu):
“…a través de las microempresas pretenden abordar el problema de generación de ingresos que permitan superar la pobreza de manera sustentable. Ello implica que el microemprendimiento se asocia a políticas de pobreza y no a oportunidades de negocios que permitan el desarrollo de microempresas”1.
En el enunciado anterior se manifiesta la dificultad de hacer converger la mirada económica y la mirada social en un programa de fomento microempresarial focalizado en población vulnerable.
Aunque parezca un problema evidente, su resolución no es simple, pues está relacionado con el sustento político-práctico en la forma de concebir dichos programas y, por otra parte, se expresa en ciertos espacios operativos, como los instrumentos y los procedimientos para la toma de decisiones (selección de los usuarios que participarán; elaboración de metodologías y temáticas de capacitación; determinación de quién recibirá financiamiento para su negocio en aquellos casos donde los fondos sean concursables, etc.)
Considerando lo mencionado, quisiera compartir algunas preguntas:
Aun cuando los servicios públicos definen un perfil para la convocatoria de sus programas a través de ciertos requisitos, ¿qué tipo de usuario es el más adecuado para un programa de fomento microempresarial?
¿En qué medida el derecho a participar en estos programas incide en la composición de los grupos objetivo y en el impacto que puedan tener?
Si bien existen metodologías validadas para el tratamiento de contenidos de capacitación, ¿responden a las particularidades de las personas y los territorios en los que son utilizadas?
En el contexto de programas con fondos concursables, ¿qué proyecto o idea de negocio es la más adecuada para obtener financiamiento?
¿En qué medida estos programas tienen efecto en el aumento de las brechas entre personas aventajadas y desaventajadas?
Ciertamente, la reflexión anterior y las preguntas planteadas no dan cuenta de la total complejidad de esta problemática. En tal sentido, estas líneas representan una aproximación al tema y una invitación a su examen, con el fin de concertar criterios para contribuir con el desarrollo de programas donde nuestro aporte trasciende la mera ejecución, pues somos parte integrante del conjunto de actores (o agentes) locales de desarrollo.
Juan Aguilera Manzor
Sociólogo
[1] SERNAM. Mujer y Microempresa en Chile. Departamento de Estudios y Capacitación. Documento de Trabajo Nº 112. Santiago, 2008.Página 14.