El crecimiento de la productividad ha caído en Chile desde fines de los '90. No es propaganda, sino un hecho demostrado por las estadísticas y recogido incluso por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Esta misma organización, en un documento de trabajo emitido en junio pasado, advertía sobre la existencia de problemas estructurales detrás de esta situación. Sus recomendaciones para reimpulsar la productividad apuntaban a lograr mejoras en tres áreas de gran importancia: fomentar la competencia, remover las barreras regulatorias del emprendimiento y fortalecer la innovación en las empresas.
Las autoridades económicas coinciden con el diagnóstico y han tomado medidas para actuar en estos y otros aspectos. Por ejemplo, ya en su discurso del 21 de Mayo, el presidente Sebastián Piñera anunció la intención de duplicar la inversión en Investigación y Desarrollo (I+D), para llegar al 1,5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en 2014.
Una política ambiciosa, que significaría aumentar el gasto sectorial en 674 millones de dólares en cuatro años, para un empuje directo a la innovación nacional.
Tres meses después del anuncio, ya sabemos que es una política fracasada...
No es culpa del Gobierno, que se vio obligado a moderar las expectativas. Una nueva metodología habría concluido que la inversión 2008 en I+D fue realmente de 0,4 por ciento del PIB, por lo que se necesitarían unos tres mil 200 millones de dólares para llegar al 1,5 por ciento.
Ante este escenario, el ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, reconoció que esa meta no es posible, por lo que ahora se aspira a llegar al menos a 0,8 por ciento del PIB. Cómparese con el 2,3 por ciento que en promedio invierten los países de la OCDE.
Lo que no dijo explícitamente Fontaine es que también queda en el camino la promesa presidencial de alcanzar el desarrollo en el plazo de una década.
Es muy mala noticia para Chile, pues si bien se mantiene el compromiso de hacer un enorme esfuerzo, las cifras demuestran lo mal que se encuentra el país en materia de investigación e innovación. El camino a recorrer es muy largo y el interés es muy poco (cómo, si no, se explica que el Gobierno haya admitido el fracaso de una política esencial apenas tres meses después de lanzarla y prácticamente no hubo reacción).
El tema no es menor. Mientras más se demore el país en elevar sustancialmente su inversión en I+D, más se aleja el sueño de dar el salto hacia el desarrollo. Mayor competencia y mayor emprendimiento no bastarán para aumentar la productividad si no hay innovación para darles sustento.
Es una situación similar a la que se da en materia energética. El país puede estar listo para más desarrollo y los empresarios dispuestos a crear más industrias, pero si no tienen energía para mover las máquinas, todo quedará en aspiraciones. Similarmente, podemos llegar a tener el país cubierto de cientos de miles empresas, pero sin personal calificado y productos innovadores jamás abandonaremos el subdesarrollo.
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También es mala noticia porque las mismas encuestas que arrojaron esas cifras negativas revelaron problemas estructurales que será difícil erradicar. Por ejemplo, la escasa relación entre universidades y empresas y el desinterés del mundo privado. En 2008, las empresas sólo financiaron el 43,7 por ciento del gasto en I+D realizado en Chile (contra 33,8 por ciento del Estado y 17,2 de la educación superior).
Ese mismo año, según las encuestas del Instituto Nacional de Estadísticas, había unas doce mil 500 personas empleadas en I+D, de las cuales poco menos de seis mil (47 por ciento) se dedicaban a investigaciones y de éstos sólo mil 962 eran científicos con grado académico de doctor. Para empeorar la situación, sólo el 5,1 por ciento de los doctores trabajaba en empresas, lo que habla de un intercambio demasiado bajo de conocimientos e innovación.
Siendo CMC Soluciones una empresa nacida en regiones, también vemos con preocupación cómo una vez más se impone el centralismo: el 54,9 por ciento del gasto en I+D se ejecuta en la Región Metropolitana, seguida muy de lejos por la Región de Valparaíso, con 9 por ciento, y la de Biobío, con 7,7 por ciento.
Una aclaración: normalmente, al hablar de científicos y de innovación, pensamos en tecnología, pero en realidad la definición tiene mayor alcance, desde las ciencias sociales a la ingeniería. Esta cobertura amplia es la que tomamos en cuenta ahora.
Sí es cierto que podríamos parecer reduccionistas al vincular Innovación con I+D. Una innovación es prácticamente cualquier novedad que se implemente en una empresa, incluso en sus procesos internos, sin que necesariamente sea producto de un proceso de investigación y desarrollo. Esto lleva a otra mala noticia: aunque lográramos llevar la inversión en I+D al 1,5 por ciento del PIB (o al 2,3 por ciento, como en la OCDE), aún faltaría mucho por hacer.
Es que no se trata sólo de investigar más.
También queda mucho por mejorar en el sistema educativo (faltan investigadores, cierto, pero es preocupante la falta de técnicos y de obreros calificados); hay que aumentar la asociación entre públicos y privados, incluyendo a la academia; hay que llevar la innovación a las pyme, dándoles a la vez más libertad de acción... Y hay que coordinar estas tareas y muchas otras.
En fin, que se trata de una tarea país, que requiere políticas de Estado y una suma de todas las voluntades. Para que la próxima vez que haya un cambio de metodología, el resultado no nos sirva como excusa para reducir nuestras aspiraciones sino para esforzarnos más.
José Campos H.